En el diario El Mundo del miércoles 18 de agosto de 2011 y en el espacio TRIBUNA, D. Juan Arias escribe un artículo titulado “Los pecados del Vaticano”.
Es este un artículo que me ha interesado porque es como una especie de antología de los mitos del anticlericalismo. Lo transcribo prácticamente íntegro porque toca tantos aspectos que se me hace imposible resumirlos. El autor comienza mostrándose sorprendido:
“Me ha causado un cierto estupor saber que se han colocado cientos de confesionarios en el parque del Retiro de Madrid… Es el mismo estupor que me causaban los confesionarios colocados en las fábricas de Polonia por el sindicalista Lech Walesa”.
Y al leerlo me encuentro que el sorprendido soy yo, parece evidente que D. Juan no ve con buenos ojos que alguien, dándose cuenta de que su egoísmo integral le ha llevado a tener el corazón cerrado a los demás, quiera reconciliarse con el prójimo al hacerlo con Dios, ya sea en el Retiro ya sea en Polonia. Y cambia de tercio centrándose en lo que según él debería ser el papado:
“El Papa, que tendría que encarnar la figura de Pedro, el pobre pescador de Galilea, como obispo de Roma, debería recordar al viajar a Madrid que el apóstol llegó a Roma perseguido y que fue crucificado como el Maestro. No tuvo honores de jefe de Estado, ni salvas de cañón, ni papamóvil, ni fue escoltado por los guardias romanos… El Vaticano se construyó más tarde, y sobre él pesa un rosario de pecados”.
Y a fe que recordó que fue perseguido y acabó crucificado. Es más, invitó a los jóvenes a mantenerse firmes en la fe frente a este mundo que ha rechazado a Dios, y si algo está claro hoy día es que todo discípulo de Cristo, empezando por el Papa, sufre persecución, como lo prueba, de modo simbólico, el artículo que comento. En cuanto al rosario de pecados que pesan sobre el Vaticano, pues sencillamente decir que es verdad que a excepción de María, es una realidad de todo mortal el ser pecador y que esto se sana precisamente en la confesión, se realice ésta en el Retiro o en el propio Vaticano. Y el autor continúa expresando su preocupación sobre el tema de la confesión:
“No sé de qué se confesarán los miles de jóvenes que se arrodillarán en los confesionarios improvisados del Retiro, aunque puedo imaginármelo, ya que la Iglesia inyecta en los jóvenes católicos la obsesión por el sexo más que por la justicia o por la libertad. Pero sí sé, por haberlo vivido de cerca, los pecados de los que el Papa y sus seguidores vaticanos, recibidos con honores de reyes con un presupuesto de millones de euros pagados por los españoles en crisis, podrían y deberían confesar”.
Y sobre este particular quiero decir con claridad que si alguien está realmente obsesionado con el sexo es nuestra actual administración, la izquierda, así en general, parece no cifrar la libertad en otra cosa que no sea fornicar y en su delirio aspira a hacerlo sin consecuencias para su irresponsabilidad –llamo, particularmente, irresponsabilidad a la utilización del otro-. Y respecto a la justicia que D. Juan parece priorizar sobre todo, hay que decir que ni es justo engañar a la juventud diciéndole que libertad es igual a lo que al inicio de la transición se dio en llamar amor libre, ni es de justicia reducir el amor a genitalidad. Continúa el autor mezclando Evangelio e historia:
“El Vaticano, el minúsculo Estado enclavado en Italia, regalo de Mussolini al Papa a cambio de los votos de los católicos al fascismo, es la mayor anomalía e irreverencia para aquel Jesús que decía que “no tenía donde reclinar la cabeza”, que rechazó ser coronado rey y que murió en la ignominia de la cruz. La prerrogativa de jefe de Estado otorgada al Papa de Roma es un pecado contra los evangelios. Las oscuras finanzas vaticanas, su Banco del IOR que estuvo tristemente implicado en escándalos de corrupción, su vinculación con mafias y masonerías heterodoxas que dejaron un reguero de cadáveres de por medio y a monseñores huyendo perseguidos por la justicia, son otros pecados todavía sin confesar y sin penitencia”.
Por lo que yo sé no es precisamente así la historia sobre la creación del Estado Vaticano, pero obviando esta cuestión menor, reconozco que el autor habla bien de Jesús, y es cierto que se producen contradicciones –nadie está libre de pecado, decíamos- y que hay situaciones que pueden ser y/o parecer una ofensa a lo que fue la vida y predicación de Jesucristo, tales como los hechos que comenta; precisamente porque hay un peligro claro de oposición al Evangelio, particularmente en lo que se refiere a la relación con ese siempre peligroso ídolo llamado dinero, es por lo que los papas no han parado de corregir en este sentido, y este Papa, que conoce a la perfección los entresijos del Vaticano, más que nadie. El artículo continúa refiriéndose a problemas sangrantes en la Iglesia:
“El ocultamiento de los ya tristemente casos de pedofilia del clero en todo el mundo, porque la Iglesia se avergonzaba de aceptar lo que hicieron los suyos e intentó ocultarlo durante años, es un pecado aún sin arrepentimiento y sin confesión abierta. Es un pecado tan grande que el pacífico profeta de Nazareth llegó a pedir para él la pena de muerte. Pedía que al que abusara de un menor “se le colgase una rueda de molino al cuello y se le arrojase al mar””.
No me parece una buena interpretación de Mt 18, 5-7 o Lc 17, 1-3 la que hace D. Juan, pues olvida que el texto se refiere a los débiles en la fe, a los neófitos, y no creo tampoco que pidiera la pena de muerte. Si creo sin embargo que es un grandísimo pecado el de tantos curas que han actuado igual que el mundo, creo así mismo que es otro gran error el que ha cometido cierta jerarquía que ha interpretado al revés el Evangelio pensando que ocultando el pecado aparecería la Gracia, cuando es justo al contrario. No dice la verdad el autor cuando afirma que ni ha habido arrepentimiento ni confesión abierta. Basta echar un vistazo a las hemerotecas. El artículo continúa con una vieja reivindicación de cierta progresía:
“La imposibilidad de la mujer de acceder al sacerdocio -la más persistente discriminación femenina en el mundo de las democracias- es un verdadero pecado contra el mismo Cristo, que se rodeó de mujeres durante su vida apostólica, que se le apareció después de muerto a una mujer antes que a Pedro y a los otros apóstoles y que en las primeras comunidades creadas después de su muerte para continuar su mensaje eran, también ellas, sacerdotisas y obispas”.
Y, sobre este punto, sólo decir lo obvio, que la Iglesia no es una democracia porque sería una contradicción conceptual, la Iglesia la crea Jesucristo, la rige el Espíritu Santo y sus miembros somos pecadores, reconozcámoslo de nuevo. Afortunadamente. Pues con este organigrama, nadie, si no es en el pleno ejercicio de su libertad, puede acoger conscientemente la llamada a vivir una vida nueva en el reino no-demócrata del amor. Y no puede ser demócrata porque amar como lo hizo Jesucristo, sin acepción de personas, incluyendo a sus enemigos, es algo que ninguna democracia aprobaría. Y no quisiera pasar por alto el hecho que refiere D. Juan sobre el trato diferenciador y especialísimo que tenía Jesús con las mujeres, especialmente si lo situamos en el contexto de su época, bien, pues ese mismo es el sentir de la Iglesia desde siempre, otra cosa es la tendencia a ofenderla que es una realidad que se da con demasiada frecuencia tanto por exceso como por defecto. Y avanza D. Juan un paso más en el rosario de pecados de la Iglesia:
“Otro pecado del Vaticano es su terquedad en seguir manteniendo obligatorio el celibato sacerdotal a pesar de todos los escándalos de abusos de menores por parte del clero, y a pesar de que los apóstoles, y seguramente el mismo Jesús, estaban casados, como lo estaban los primeros papas y los obispos de los primeros siglos de la Iglesia, a los que solo se les pedía dar buen ejemplo conformándose con una sola mujer. Así como también es pecado condenar todo tipo de sexualidad que no esté directamente encaminada a la procreación, cuando Jesús nunca habló de pecados contra el sexo”.
Sobre lo primero hay que decir que la historia no pasa en balde y que quizás hoy más que nunca se hace necesaria esa condición de célibe, pues dado que las palabras cuentan cada vez menos, se impone que hablen las obras, así un célibe hace presente un misterio: que el Reino de Dios ha llegado ya, que ya está entre nosotros. Otra cosa es pretender mundanizar la Iglesia, sería su fin, fin que ansían expresamente muchos hoy día y por el que amplios grupos de presión trabajan activamente. Pero no podrán con ella porque, para muchos, va a ser la última esperanza que les quede. Una cosa más, sólo sobre el adulterio puede leerse las siguientes citas: Mt 5, 27-32; Mt 19, 1-9; Mt 19, 16-22; Mc 10, 1-12; Mc 10, 17-22; Lc 16, 18; Lc 18, 18-23 y Jn 8, 2-11. Lo digo por su afirmación de que nunca habló Jesús de pecados contra el sexo. Lo que continúa del artículo es, realmente, plenamente vigente:
“Sí, en cambio, habló y gritó contra los que oprimen a los pobres, contra los sacerdotes hipócritas que predican una cosa y la contradicen después con su vida y contra los poderes y tiranías de la tierra. Llamó “zorra” al emperador Herodes. Y fue víctima del poder romano que lo condenó a muerte sin pruebas”.
Pero el punto que el autor trata a continuación es, casi, el más escandaloso:
“Son pecados todas las exhortaciones del Vaticano contra el derecho de la mujer de decidir en conciencia sobre su maternidad”.
A afirmaciones como esta es a las que yo achaco un denodado intento por destruir a la Iglesia, porque la mentira no puede ser más demoníaca, pues así, revestida de justicia, ¿cómo no aceptarla? Cuando lo que se está afirmando es que el dolor de la madre, convendremos en que el aborto no es en ningún caso una banalidad, por el hecho de no entenderlo, pasa a justificar la forma de egoísmo más elemental, que es el ¡sálvese quien pueda!, y para tranquilizar nuestra conciencia pasamos a convertido en un derecho omnímodo, totalitario. Porque me pregunto yo, ¿y, por qué el señor Arias no se plantea qué pasa con los derechos de los niños abortados? Evidentemente tras esa realidad se oculta el delicado problema del sentido de nuestra existencia sobre la tierra. Y Continúa el artículo entrando en el campo de la teología:
“Es pecado defender la doctrina del infierno eterno ya que, como dicen los teólogos más iluminados y modernos, o existe Dios o existe el infierno. Juntos no pueden existir, porque ni el padre más brutal y vengativo sería capaz de condenar a un hijo a un castigo eterno sin posibilidad de retorno. El infierno sería la mejor prueba de la no existencia de Dios”.
Aunque no me interesa la teología ni las disputas entre teólogos, una cosa si se me ocurre decir, el infierno, por lo que yo sé, no es más que el empeño en negar a Dios, en vivir de espaldas a Dios, haciendo pleno uso de nuestra libertad, y desde luego existe como existe ese empeño en el mundo. Parece que en este punto al autor ya no le preocupa tanto el respeto por la libertad, hay que ser consecuentes D. Juan, podemos decir “no” a Dios y quedarnos empequeñecidos en nosotros mismos, podemos, que quiere decir que Dios, que nos ha hecho libres, respetará hasta las últimas consecuencias esa libertad, y toda decisión, todo acto libremente asumido conlleva una responsabilidad. Esta de Dios para con sus criaturas es una actitud de respeto total que no tienen muchos, por no decir nadie, según se desprende de cierta teología y ciertas ideologías conniventes con el mundo. Y nuestro autor avanza un peldaño más en su artículo que comienza a parecer un sermón antiguo (léase en tono jocoso) en el que lo único que se oyen son condenas:
“Cada vez que el Vaticano se opone a los avances de la ciencia que liberan al hombre de sus servidumbres, desde el uso de las células madre al derecho a morir con dignidad, peca contra la vida y contra el derecho a la libertad del ser humano”.
Aquí entramos en un problema básico, la antropología en la que se apoya el autor que deja al hombre reducido a un “aquí” y a un “ahora”. El pecado contra la vida lo comete quien no la respeta, así de sencillo, y en cuanto a la dignidad, la historia nos ofrece hermosos ejemplos de muerte digna, a tenor de lo escrito, el autor mismo reconoce en la muerte de Jesucristo un caso paradigmático. Y sin embargo no se defendió. Continúa el artículo con un tema ya manido:
“Y como fueron pecados la Inquisición y las Cruzadas, lo son también hoy la cacería desatada contra teólogos que no razonan como el Vaticano, cacería de la que fue artífice el actual Pontífice desde su puesto de presidente de la Congregación para la Doctrina de la Fe, heredera de la antigua Inquisición”.
Yo no me atrevo a condenar ni la Inquisición ni la Cruzadas, encuentro prepotente hacerlo desde el siglo XXI, pero es que además olvidamos la historia, toda ella sería condenable, guerras y más guerras, muertes y más muertes, injusticias y más injusticias, y es interesante que obviando toda la historia el autor se ensañe con la Iglesia, lo cual me dice dos cosas, una, que el mundo espera de la Iglesia un comportamiento diferente al suyo propio, y dos, que esas expectativas se ven defraudadas. Y esto sucede por dos motivos: primero porque los cristianos han fracasado y segundo, porque el mundo ama más las tinieblas que la luz que le ha aportado el cristianismo. Sólo añadir que el fracaso de los cristianos es el de su Señor en cuanto que santos y es el del “no-testimonio” en cuanto que pecadores. Y es en los párrafos finales en los que la apoteosis de la tergiversación es ya total:
“Una de las frases más misteriosas y oscuras del Evangelio es la pronunciada por Jesús cuando afirma: “Dejad que los muertos entierren a sus muertos”. A él le interesaban los vivos más que los muertos. Pero al Vaticano parece dolerle la felicidad de los vivos, prefiere el dolor, el sacrificio, la abnegación, el martirio, la muerte, es decir, la teología de la cruz en vez de la teología de la felicidad que era la que predicó hasta la saciedad el profeta maldito, que no soportaba el dolor y por eso “curaba a todos”. Y multiplicaba no solo el pan para saciar el hambre de los pobres sino el vino para no arruinar la fiesta de unas bodas. Jesús no fue ningún asceta, ni predicó nunca el dolor como terapia de la fe. El gran pecado del Vaticano, de esa Iglesia oficial que no acaba de liberarse del poder temporal que no le corresponde, es su miedo a que los hombres sean felices, porque es la felicidad, y no la angustia ni el sufrimiento, lo que terminará por hacer libres a las mujeres y a los hombres. De ese pecado debería no solo confesarse, sino pedir perdón a toda la humanidad”.
Es difícil responder a tal cúmulo de vaciedades, pero hay una par de cosas que creo, en conciencia, hay que decir. Negar la cruz de Cristo –el autor contrapone ésta teología a la de la felicidad- es no sólo quedarse al margen del cristianismo, sino que implica quedarse al margen de la felicidad misma. No hay otra felicidad que la del amor. Placeres, sí, felicidad, no. Nos hace felices sentirnos amados, todo hombre sueña con alguien que le ame, que le respete, que cuide de él. Lo que Cristo nos ha mostrado es que siendo eso felicidad, hay una felicidad aún mayor, que es la de amar al prójimo, respetarlo, cuidar de él. ¡Algo inimaginable hasta que se nos demostró! Y nos ha enseñado más, que hay, efectivamente, alguien que nos ama sin restricción alguna, que nos respeta y cuida de nosotros como nadie, que nos ama como somos, que ama al autor del artículo comentado tal cual él es, con todas sus contradicciones, no porque sea bueno, inteligente o justo -o aunque fuera todo lo contrario-, sino que le ama por ser una criatura suya, tal cual, sin que tenga que dejar de ser quien es, sin ponerle ningún pero. ¡Desde luego que la experiencia de un amor así debe ser la pera!, pensaremos. Y si eso es ya una felicidad superior, hay una felicidad aún mayor: la posibilidad de amar al “otro”, al que no es como yo, y amarlo sin ninguna restricción. Justo con la misma capacidad de amor que Cristo nos mostró a través de la cruz. Sólo que ningún hombre es capaz de alcanzar tal felicidad por sí mismo, y es que ningún hombre es capaz de amar al que es su enemigo. No obstante, quien lo desee realmente puede alcanzar esa experiencia como un auténtico regalo.
Y, no es en absoluto verdad eso de que “no soportaba el dolor y por eso curaba a todos”, una cosa es que tuviera compasión y que debiera cumplir las profecías que anunciaban su venida como un anticipo del cielo donde no habrá ni dolor ni llanto porque la muerte está ya vencida, y otra cosa es que fuera un sentimental como lo pinta el autor, la realidad es que soportó el escarnio de la muerte en cruz, como un maldito, tan sólo abandonándose en brazos de su Padre.
¿Cuál es el problema, entonces?, algo que no le sucede solamente al autor, es la dificultad innata que sufrimos todos de aceptar la gratuidad, sencillamente, no nos lo podemos creer, no nos podemos creer ni que amar como Cristo nos amó sea la felicidad con mayúsculas ni que se nos vaya a dar gratis el poder amar así.
De ahí la expectación que suscita la Iglesia y que tantas veces los cristianos, convertidos en idólatras, frustramos. Fruto de esa desconfianza es el rechazo a la cruz que, por más que no lo parezca, no es sino vida y en abundancia.
El artículo se puede leer en:
http://www.elpais.com/articulo/opinion/pecados/Vaticano/elpepuopi/20110818elpepiopi_4/Tes
¿Llama emperador a Herodes? ¡Caray!
¡Vaya! no había caído en ese detalle. Gracias por mostrármelo.