Omnipresente.

Pedro G. Cuartango publicó en su columna “Tiempo recobrado” de El Mundo del 19 de enero pasado, un artículo sobre el que, con la debida humildad, quiero hacer un  comentario. Llama la atención de este artículo la sinceridad de los argumentos y la seriedad de la experiencia de quien escribe. Comienza diciendo:

Me pregunto cómo es posible que el Ser Todopoderoso permanezca pasivo ante la desgracia de tantos millones de personas…” y más adelante “De su poder y de sus milagros en los tiempos antiguos da fe la Biblia, pero el Supremo Hacedor guarda silencio desde hace siglos. No dice ni una palabra sobre las atrocidades que hemos visto a lo largo del siglo XX ni sobre las consecuencias de esta crisis.

Lo primero que se me ocurre es hacerle una observación capital. El amor o es libre o no es amor. Y el amor en absoluta libertad se da a sí mismo a quien espera, confiado, algo de él o permanece silente ante quien lo ignora o ante quien lo único que aspira es a manipularlo. Hay un texto en el capítulo 1º del Libro de la Sabiduría que es elocuente, dice el versículo 6 : “Pues el Espíritu Santo que nos educa, huye del engaño, se aparta de los pensamientos necios y se ve rechazado al sobrevenir la iniquidad.” Dice más, pero sólo con este versículo nos podemos hacer idea de dos aspectos de peso, uno, que hay un espíritu cuya misión es educarnos, darnos a conocer aquello que nos está vedado a los sentidos, hacernos entender, descubrir, el por qué y el sentido de las cosas y de los acontecimientos que es el modo de “actuar del Señor que es Espíritu” (IICo 3, 18b), otro, que cuando le salen al paso el engaño, la necedad y la iniquidad, no las destruye, simplemente se ve rechazado, se aparta, huye, ¡tanto respeta nuestra libertad! Es como decir que contra el peor sordo, que es aquel que no quiere oír, no hay nada que hacer.

Dice el capítulo 23 del Libro de los Proverbios: “9 No hables a oídos del necio porque despreciará tus sensatas palabras. Y sobre el engaño:  “4 Se engañan unos a otros, no dicen la verdad; han avezado sus lenguas a mentir, se han  pervertido, (incapacesde convertirse). Fraude por fraude, engaño por engaño se niegan a reconocer a Yahvé.“ También sobre la iniquidad podemos leer cosas que nos quedan muy cerca, D. Pedro, dice el profeta Habacuc en el capítulo 1º: “2 ¿Hasta cuándo, Yahvé, pediré auxilio, sin que tú escuches, clamaré a ti: «¡Violencia!» sin que tú salves? 3 ¿Por qué me haces ver la iniquidad mientras tú miras la opresión? ¡Ante mí hay rapiña y violencia, se suscitan querellas y discordias! 4 Pues la ley se desvirtúa, no se hace justicia. ¡El impío asedia al justo, por eso se pervierte la justicia! Y en su atrevida crítica al silencio de Dios, éste profeta halla una respuesta, en el capítulo 2, de parte de Dios mismo:  “Yahvé me respondió de este modo: «Escribe la visión, ponla clara en tablillas para que pueda leerse de corrido. Porque tiene su fecha la visión, aspira a la meta y no defrauda; si se atrasa, espérala, pues vendrá ciertamente, sin retraso. «Sucumbirá quien no tiene el alma recta, mas el justo por su fidelidad vivirá.» Todo el libro de la Sabiduría se esfuerza por explicar algo realmente muy difícil de asimilar, de hecho es algo que sólo puede captarse a nivel experimental, y es que Dios ama de tal manera que no puede separar al que obra bien del que obra mal, los ama tan por igual, cierto que no sus obras, pero sí a esas criaturas suyas que está dispuesto a concederles tantas oportunidades cuantas haga falta, sin desmayo, en la esperanza de que el malvado se vuelva a Él algún día, confiando en que su amor es tan fuerte que podrá sostener a los justos a quienes toque sufrir las injusticias fruto del mal salido de las manos de los malvados, en ese tiempo de la paciencia de Dios.

Estuvo en silencio los 400 años de exilio de su pueblo en Egipto, hasta que el pueblo se volvió a  Él y Yahveh le rescató obrando prodigios en su favor. Ese mismo silencio precedió a la llegada del Mesías, otros 400 años estuvo Israel sin un solo profeta. Silencios precursores de grandes acontecimientos. Y cada vez que el hombre se erige en dios, Él guarda silencio. Pero no es un silencio indiferente, es un silencio que respeta nuestra libertad pues el amor no se ejerce con la fuerza, al menos no con lo que nosotros entendemos por fuerza, que la de Dios es de tal magnitud que es pura misericordia, un plus sin el cual nadie se salvaría. Más adelante el autor concreta un poco más los males a los que se refiere, dice que no se trata tan sólo de las injusticias:

Ahí está el sufrimiento de los enfermos terminales, de quienes han perdido la batalla contra el cáncer, de los que sobreviven gracias a medios artificiales.

Si lo que se cuestiona en este punto es sobre la naturaleza del mal, es cierto que hay males que no parecen provenir de las manos del hombre, pero una gran cantidad de ellos si son fruto de nuestros egoísmos, de la encarnizada lucha de intereses en la que se convierte la convivencia regida por una moral devaluada. Si lo cuestionado es el aparente desamparo de aquellos que están en extrema debilidad, habría que decir que la realidad es que no nos es posible evaluar el sufrimiento. Sobre éste otro mal, alguien que lo sufrió con desmesura, Job, no se expresaba así ni cuandosólo le conocía de oídas” (Jb 42, 5); cuando se enfrentó a Él, litigando, descubrió la grandeza de Dios que coincidió con la contemplación de la naturaleza de su obra, descubriendo al tiempo su propia limitación y pequeñez como persona, y que así y todo en Dios no había maldad, es entonces cuando dijo haberle “visto con sus propios ojos” (Jb 42, 5). Halló la paz. ¿Por qué? Porque en su desesperación, léase el libro y verá hasta qué punto era una desesperación justificada, llegó a intuir la justificación gratuitamente otorgada por la misericordia de Dios en
Jesucristo y algo más, que coincide con los textos arriba aludidos, en ningún momento puso en cuestión que la respuesta a su dolor pudiera provenir de otro que no fuera aquel de quien le había venido la desgracia, reconociendo así el  señorío de Dios sobre la historia. Lo que Job descubre, la intuición que tiene, es ya para nosotros una realidad en el hecho histórico de la encarnación de Jesucristo. Y que por tanto, y a partir de ahí, la miseria puede ser convertida en don por aquél que “puede”. Y un don de tal envergadura que empequeñece el peor de los males. Sobre esto quiero añadir que eso es algo que he podido contemplar con mis propios ojos. Por eso me atrevo a decirle D. Pedro, que no es del todo cierto ese silencio hoy, hay una voz en medio de las naciones que nos orienta constantemente, en dirección a la verdad, que nos muestra el camino. Para quien, libremente, la quiera oír. Así es el Amor.

En el fondo, igual que no podemos evaluar el dolor ajeno porque no podemos evitar proyectarlo sobre nosotros mismos, no podemos dar valor a la experiencia del dolor porque ignoramos sus posibles frutos, desconocemos el bien que, por gracia, pueda reportarnos.
Muchas veces ese dato nos es mostrado al cabo del tiempo, particularmente estando en la cercanía de Dios, quizás por eso tenemos aquel dicho popular de que no hay mal que por bien no venga. Y prosigue el autor con un encendido reproche:

No, Dios no puede existir en un mundo donde estamos indefensos ante un mal que nos acecha y que juega a los dados contra nosotros. La única prueba consistente de que no podemos mantener la esperanza en el más allá son las miserias y las injusticias que percibimos en el más acá.”

No es cierto que estemos indefensos, hay un modo de enfrentar al mal, la libertad. Hay un modo de hallar la libertad, el conocimiento de la Verdad. Y a ésta la podemos conocer siguiendo las pautas que nos muestra el ya aludido libro de la Sabiduría “ pensad rectamente del    Señor y con sencillez de corazón buscadle, pues se deja hallar de los que no le tientan, se manifiesta a los que no desconfían de Él” (Sb 1, 1). Pues nos sucede que en nosotros mismo, es decir, desde nuestras limitaciones o tentando a Dios o desconfiando de Él, no logreamos encontrar sentido a las miserias e injusticias que nos sobrevienen, y nos podemos encontrar pensando que por haber llegado a los 65 años, con las subsiguientes mermas de vigor, esa vida no ha tenido sentido. Habrá que descubrir el sentido de la vejez para integrarlo en el todo de la existencia del hombre sobre la tierra, como habrá que descubrir el sentido de cualquier mal para integrarlo en el todo de la obra de la creación. Luego de apuntar que los que se han apoyado en la razón no han logrado una respuesta satisfactoria a este problema, añade:

Otros han depositado su esperanza en Dios, pero éste sigue guardando un silencio que está a punto de hacer estallar nuestros oídos.”

Lo que hace estallar nuestros oídos, al menos los oídos del corazón, es la falta de sentido de nuestra existencia. ¿Quién se plantea el problema del sentido cuando está gozoso, cuando todo le va bien?, el sentido de la existencia nos lo cuestiona la vejez, la enfermedad y la muerte, el mal, en definitiva. Y la Vida, así con mayúscula, lo que nos dice al respecto ante la misma pregunta sobre esta cuestión en el capítulo 11 de Juan, es: “ Jesús le respondió: «Yo soy la resurrección. El que cree en mí, aunque muera, vivirá 26 y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto?»” Un pasaje ciertamente elocuente. Después dice:

Nuestro pecado original es la condena a existir en la más absoluta incertidumbre, con la única seguridad de que nada podemos conocer sobre un futuro que se niega a revelarnos lo que nos reserva.

Lo que nos está reservado está ya escrito, el futuro es posible conocerlo, no en la concreción de lo particular, si en esencia, lo que se nos niega es la alucinada especulación de la adivinación. Y yo diría, no que la condena de nuestro pecado original sea la incertidumbre, sino que la incertidumbre es el fruto de nuestra condición. Y proclamo que a cierta incertidumbre en cristiano se le llama precariedad y que ésta es un don maravilloso y una invitación y un aporte constante a/y para la libertad.

Y termina el autor con una reflexión de hondo calado:

“¿cómo fingir que ignoramos la desoladora realidad del mal? ¿cómo seguir el camino sin la voz de Dios?

Ciertamente fingimos, sabemos que estamos envueltos en una perenne ficción y podemos concluir que “toda la vida es sueño”, o bien podemos abrir nuestros sentidos internos y escuchar a la Sabiduría. Entonces escucharemos “cantos de victoria en las tiendas de los justos” (Sa 118, 15) porque hay una promesa interpuesta sobre toda la humanidad: ”10 Porque los montes se correrán y las colinas se  moverán, mas mi amor de tu lado no se apartará y mi alianza de paz no se moverá -dice Yahvé, que tiene compasión de ti-.” (Is 54) y “ 7 consumirá en este monte el velo que cubre a todos los pueblos y la cobertura que cubre a todas las gentes; consumirá a la Muerte definitivamente. Enjugará el Señor Yahvé las lágrimas de todos los rostros…”. (Is 25)

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Acerca de Signos de los tiempos

Actualidad es la suma de las cosas que suceden, aquello que se dice sobre esas cosas y el modo en que nos afectan, y este conjunto conforma unos signos concretos y precisos que es posible interpretar. Esa es la luz que buscamos.
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