RESPONDER A LAS AGRESIONES

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EL CIELO PROCLAMA LA GLORIA DE DIOS, EL FIRMAMENTO PREGONA LA OBRA DE SUS MANOS

Estamos de nuevo viviendo un reverdecer del anticlericalismo y un exacerbarse de las actitudes laicistas que están siendo expresadas, en algunos casos, con actos de abierta profanación de lo que muchos consideramos “sagrado”.

Es fácilmente constatable la intención de profanar y de escandalizar que muestran los protagonistas de dichos actos. Llama, sin embargo, la atención el empeño de estos en negar su intención ofensiva y, en casos, blasfema. Como  llama la atención lo descarada y abiertamente beligerante de sus actuaciones. En realidad tratan así de ocultar lo obvio y justificarse ante la justicia y, quizás, ante la sociedad.

La pretensión de justificarse ante la sociedad cuando dicen “no queremos ofender”, es vana en el sentido de que ante los que piensan como ellos, con más o menos radicalidad, están ya sobradamente justificados. Y ante el resto de la sociedad, hablemos del segmento de creyentes o hablemos del resto que no siéndolo rechaza tal especie de exabruptos, no tienen justificación posible por lo violento de sus acciones. Y ante la justicia se me antoja un intento vano, pues hace tiempo que ésta elude aplicar la ley en determinado tipo de infracciones. Veremos qué actuación tienen los jueces en estos asuntos que no hace falta describir porque están hoy en la mente de todos: la blasfemadora del ayuntamiento de Barcelona, los titiriteros de Madrid, la profanación de la capilla de la Complutense, la exposición del blasfemo de Pamplona, etc.

¿Por qué le sucede esto a la justicia española? Pues porque gran número de jueces se pliegan a la que les parece la corriente mayoritaria, otros, porque ponen su ideología por encima de la legislación, la cual querrían cambiar y, de hecho, cambian con su libérrima interpretación de la leyes y sus, nada ajustadas, resoluciones, invadiendo de hecho el espacio del legislativo, y otros lo hacen por miedo a la fiscalización de la prensa, que mayoritariamente cierra filas con lo que hoy es políticamente correcto, es decir lo que se ha dado en llamar, el pensamiento único. En los casos que nos ocupan, se amparan en la libertad de expresión y en la de creación.

Por parte, pues, de los jueces, no parece haber respuesta, así, en general. ¿Pero cómo está respondiendo la sociedad a esta corrupción de las costumbres? Aunque parece darse un amplio rechazo, la mayoría calla, pero hay una minoría que está activamente saliendo al paso de estos fenómenos, unos denunciando por la vía civil o penal dichos atropellos, pero sobre este procedimiento, ya he dicho que es un intento que tan sólo es útil para dejar constancia ante la historia de la dejación de funciones de un estamento clave para el funcionamiento del Estado de Derecho, otros responden manifestando su rechazo de diversos modos.

Entre estos últimos se produce una contradicción, los que expresan su disposición a perdonar y los que no se plantean el perdón y responden airadamente a los causantes de los desmanes descritos.

La justicia humana y la justicia divina son diferentes, en su origen y en su término. La justicia divina busca que el pecador se convierta de sus malas acciones para que alcance la Vida, y por eso perdona, para darle ocasión a cambiar. La justicia humana penaliza y/o separa de la sociedad al infractor, como medio para su rehabilitación. El perdón no es ingrediente de la justicia humana mas que en casos muy excepcionales y siempre en forma de indulto.

¿Cuál es, pues, la actitud que se esperaría de un seguidor de Cristo, quien en su vida entre nosotros se mostró como maestro de la justicia divina?

Lo propio es actuar como actuó Él, que perdonó sin esperar a que el agresor se arrepintiera de su culpa, dejándose crucificar. Pasa que este perdón se realiza como una actitud del corazón, actitud que consiste en condenar la mala acción y perdonar a su autor, y, además, es un don. ¿Eso significa que la justicia humana no cuenta para un creyente? Sí cuenta. La justicia humana cuenta y mucho porque es la ley, y la ley tiene una misión, denunciar de pecado. Por eso es fundamental que los jueces ejerzan correctamente y con fidelidad el papel que tienen asignado en el Estado de Derecho, porque es la ayuda necesaria para rehabilitar al que comete un delito, de no ser así, se le está diciendo al delincuente que puede seguir delinquiendo porque, incluso eso, está bien.

La contradicción entre los creyentes es, pues, la respuesta airada a tales provocaciones porque excluye el perdón y, la verdad es que, hoy especialmente, la sociedad está necesitada de un testimonio terminante del amor de Dios. Así, quien no pueda perdonar, haría bien en no hablar ni actuar en nombre del cristianismo, pues el resentimiento no ofrece servicio alguno de provecho a los demás.

Tan malo es buscar disculpas al mal cometido, algo innecesario ya que el perdón cristiano no requiere ni de disculpa ni de justificación, es Cristo quien justifica, y disculpar es algo que se ha hecho incluso desde altas instancias jerárquicas, como mala es la actitud justiciera de quien cree que lo que hay que hacer es castigar con la máxima dureza dando a cada uno su merecido, así, sin más consideración, pues lo uno responde a una actitud moralista y lo otro es una respuesta vengativa. Y la venganza, en la Escritura, está reservada a Dios.

La Escritura nos enseña, por otro lado, con términos claros, que los jueces son necesarios y que su función debe ajustarse a determinados parámetros, así dice el libro de los Proverbios en el capítulo 18,5: No está bien rehabilitar al malvado  y condenar al justo en el juicio. Y añade en Qoelet 8:11-12 ¡Otro absurdo!:  que no se ejecute en seguida la sentencia de la conducta del malvado, con lo que el corazón de los humanos se llena de ganas de hacer el mal;  que el pecador haga el mal cientos de veces, y se le den largas. Y aún en el capítulo 10 del Eclesiástico, señalando la importancia de la ejemplaridad, se nos advierte: “El juez sabio, adoctrina a su pueblo, la autoridad del sensato está bien regulada. Según el jefe del pueblo, así serán sus ministros, como el jefe de la ciudad, todos sus habitantes. El rey sin instrucción arruinará a su pueblo, la ciudad se edifica sobre la prudencia de sus dirigentes. En manos del Señor, está el gobierno de la tierra, a su tiempo suscita para ella al que conviene”.

Claro que lo “conveniente” para Dios no suele coincidir con lo que nosotros entendemos por conveniencia. Y ante nuestro rechazo a las acusaciones de deslealtad que nos hace Dios, por ejemplo a ese “no queremos ofender” que argumentan los que no respetan los Derechos Humanos, concretamente el de Libertad Religiosa, nos responde la Escritura con Malaquías en su capítulo 3, 13-19:  … Y todavía decís: ¿Qué hemos dicho contra ti? – Habéis dicho: Es inútil servir a Dios; ¿qué ganamos con guardar sus mandamientos o con reconocer nuestras culpas ante el Señor? Más bien hemos de felicitar a los arrogantes, que aun haciendo el mal prosperan, y aun tentando a Dios escapan impunes. Ese día que estoy preparando se convertirán en mi propiedad personal, dice Yahvé; y seré indulgente con ellos como es indulgente un padre con el hijo que le sirve. Entonces volveréis a distinguir entre el justo y el malvado, entre quien sirve a Dios y quien no le sirve. Está para llegar el Día, abrasador como un horno; todos los arrogantes y los malvados serán como paja; y los consumirá el Día que viene, dice Yahvé, hasta no dejarles raíz ni rama.

Pues bien, la escritura advierte también a quienes pervierten la ley en el capítulo 5,20-23 de Isaías: ¡Ay, los que llaman al mal bien, y al bien mal, que dan oscuridad por luz, y luz por oscuridad; que dan amargo por dulce, y dulce por amargo! ¡Ay, los sabios a sus propios ojos, y para sí mismos discretos!  ¡Ay, los campeones en beber vino, los valientes para escanciar licor,  los que absuelven al malo por soborno y quitan al justo su derecho!

Efectivamente, el corrupto va a tener su castigo en su propia corrupción. Nos encontramos en una época en la que el rechazo a Dios es el caldo de cultivo en el que se mueven los líderes  y gobernantes arrastrando a la mayoría tras sí. Pues bien, en la epístola a los Romanos, Pablo nos dice en su capítulo 1,18-22: En efecto, la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres que aprisionan la verdad en la injusticia;  pues lo que de Dios se puede conocer, está en ellos manifiesto: Dios se lo manifestó. Porque lo invisible de Dios, desde la creación del mundo, se deja ver a la inteligencia a través de sus obras: su poder eterno y su divinidad, de forma que son inexcusables;  porque, habiendo conocido a Dios, … se ofuscaron en sus razonamientos y su insensato corazón se entenebreció:  jactándose de sabios se volvieron necios, … ¿No es asombrosa la correspondencia de estas citas con la realidad en la que estamos inmersos?

Y es que prescindir de la Sabiduría que nos ha sido revelada conlleva, efectivamente, unas consecuencias que ya hoy podemos comprobar en carne propia y que nos muestra ese gran profeta que es Isaías, en el final del capítulo 2 y parte del capítulo 3, que transcribo en traducción libre: Así dice el Señor: Maldito quien idolatra al hombre, y hace de la carne su apoyo, y del Señor se aparta en su corazón. Pues he aquí que el Señor está quitando de Occidente y de su pueblo todo sustento y apoyo; Les daré mozos por jefes, y mozalbetes los dominarán. Se rebelará el mozo contra el anciano, y el vil contra el hombre de peso. ¡Ay de ellos, porque han merecido su propio mal! A mi pueblo le oprime un mozalbete, y mujeres lo dominan. Pueblo mío, tus regidores vacilan y tus derroteros confunden. El Señor demanda en juicio a los ancianos de su pueblo y a sus jefes… Tus gentes a espada caerán, y tú, asolado, te sentarás por tierra.”

Efectivamente, grande es la confusión a la que los poderosos de la tierra nos han abocado. Eso, ciertamente, es con lo que nos encontramos ya hoy como justa consecuencia de la impiedad que se ha enseñoreado de nuestra sociedad occidental.

Pero nos recuerda el Salmo 31,10, que hay esperanza: Los malvados sufren muchas penas; al que confía en el Señor, la misericordia lo rodea.

 

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Acerca de Signos de los tiempos

Actualidad es la suma de las cosas que suceden, aquello que se dice sobre esas cosas y el modo en que nos afectan, y este conjunto conforma unos signos concretos y precisos que es posible interpretar. Esa es la luz que buscamos.
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