¿PODEMOS ESPERAR ALGO DE ESTA EUROPA?

 

Junio 2011 001

“vanidad de vanidades, todo es vanidad”

En el diario El Mundo, Antonio Lucas escribe el 23 de marzo del presente, una columna titulada “Ayuda del hombre blanco” en la que habla de cómo enfrenta Europa el problema de los refugiados, de la que transcribo tan sólo el primero y el último párrafo en los que dice lo siguiente:

La democracia llega hasta donde Europa quiere. Al menos en Europa. La democracia no contempla estados de ‘shock’ ni atiende fuera de su recinto (sobre todo si no hay intereses comerciales o directamente petróleo). La democracia, la igualdad y la justicia es de uso interno para aquellos ciudadanos que gozan de pasaporte. O para los elegidos, pero nunca para todos. Y aquí estamos, en la España de los 18 refugiados acogidos. En la Europa que es lección de convivencia. En el continente más solidario del planeta. El que fijó los derechos del hombre. El que dice aplicar la lupa en cada momento con la armadura moral que le otorga la edad, pero que en los últimos meses (años) tan sólo ojea desganadamente la nueva tragedia humana porque el mundo anda muy del revés y no se puede estar a todo. …

No se trata de hacer buenismo con ellos, sino de entender que son mesnadas sin más masticación que el desahucio y la derrota. Está claro que nadie puede huir de una guerra sin la ayuda del hombre blanco. A los políticos les pierde en esto la indiferencia y a los de la indiferencia les termina golpeando la Historia. Europa se alimenta de todas las hipocresías. Pero en esto estamos todos golpeados por los mismos, de Madrid a Bruselas. O por heraldos negros muy parecidos. De nuevo el terrorismo, el racismo, el desprecio, el egoísmo. (Qué viejo suena todo y qué parecido a la verdad).

Esto es la conclusión desesperanzada del señor Lucas ante la barbarie que describe en su artículo. Pero a mí me asombra, cuando afirma aquello de “Europa se alimenta de todas las hipocresías”, lo lúcido de la frase, solo que no sé si el autor se da cuenta de hasta qué punto llega a ser verdad su afirmación. Y precisamente por alimentarse así, Europa se está quedando escuálida.

Porque la realidad es que Europa se está desangrando, algo que anuncia su fin a medio plazo, debido a esa hipocresía suya que donde mejor se visualiza es en su actitud criminal hacia su descendencia. Algo que no le está saliendo gratis, pero que nadie parece advertir, que nadie relaciona con lo que está sucediendo y, por tanto, nadie está poniendo en guardia a los ciudadanos sobre esta verdad. Ni el señor Lucas. Bueno, sí lo hacen algunos de los denostados movimientos pro-vida. Lo cierto es que el eufemismo “interrupción voluntaria del embarazo” oculta, hipócritamente, una tremenda realidad, Europa, por puro egoísmo, por su irrefrenable deseo de bienestar, por entender la responsabilidad respecto de los hijos en clave de “dar la talla”, o sea, darles todo aquello que, proyectándose uno mismo, se considera indispensable dar a los hijos, o por, incluso, gratificarse con placeres libres de responsabilidades, Europa, decía, se está viendo enfrentada a ineludibles responsabilidades que ya es incapaz de afrontar. Y es que la naturaleza es sabia. Y negarla, es decir, retorcerla para satisfacción de los instintos o de las presunciones, es un engaño porque esa actitud oculta una verdad, y la verdad es que tal comportamiento tiene un costo. No se puede matar a los propios hijos y querer, después, utilizar a los hijos de los demás para que nos saquen las castañas del fuego, con la aparente ventaja de que nos llegan ya creciditos, pero con un hándicap elemental que parece escapársenos, y es que al llegarnos ya crecidos, no los hemos educado nosotros y por lo tanto, ni es nuestra descendencia, en lo carnal, ni serán nuestros herederos, en lo espiritual. Ni con lágrimas en los ojos lograremos que la naturaleza nos deje impunes. Y añado: afortunadamente para nosotros.

Como no se puede camuflar bajo la apariencia progresista de la Ideología de Género, un hecho contundente, que nuestra inconsistencia mental pretende ser Dios hasta el punto de creer que puede doblegar a la naturaleza sin que ésta se resienta y actúe en consecuencia desechando a quienes se han llegado a apartar tanto de la racionalidad como para contradecir su curso con el único fin de satisfacer el tributo debido al ídolo del dinero-prestigio y/o satisfacer sus instintos más animales. Eso también es vanidad y caza de vientos, o como diría el señor Lucas, una hipocresía.

Si observamos, simplificando, hay dos grupos enzarzados en esta vorágine, los idólatras, deslumbrados en su racionalidad por el poder, gente ordenada y seria, y aquellos que a quien sacrifican es a los instintos, menos serios y más desordenados, pero que coinciden, sin embargo, en que la solución a sus problemas pasan por transgredir los límites de lo que es natural. No se llevan muy bien ambos grupos, pero en esa unión de conveniencia, son los segundos los que acaban imponiéndose a los primeros. Efectivamente, por los más inconsistentes es por los que está liderada la política hoy. Llama la atención cómo es posible que una sociedad en pleno siglo 21, habiendo conocido la liberación, siga sacrificando seres humanos a sus dioses, y seres humanos que son sus propios hijos. Porque, lo admitamos o no, son auténticos sacrificios idolátricos lo que se ejecuta con esos niños, unas veces ofrecidos al dios dinero, otras al dios del bienestar, otras al dios del cuerpo, otras a la diosa inconsistencia.

Hay un hecho digno de ser puesto como paradigma, la familia. Se ha dicho hasta la saciedad que la familia ha sido el amortiguador fundamental de la crisis económica de la que no acabamos de salir, bien, pues nadie parece tomar en consideración que al ritmo que va nuestra cultura y sociedad, para la próxima generación, ese colchón que ha sido para nosotros la familia, se habrá esfumado, sencillamente, ya no existirá. La desestructuración y la multiplicación de formatos familiares, como por ejemplo las monoparentales, sólo ocultan una cosa: estamos rompiendo con la realidad. Con tal de no sufrir, hacemos esto, y nuestros sesudos dirigentes e intelectuales no sólo no nos advierten de que huyendo del sufrimiento fácilmente caemos en un sufrimiento mayor, si no que nos animan a adentrarnos por esas sendas. Actitud que adoptan también los padres respectos de los hijos, a quienes tampoco advierten de esa realidad.

Pero no vamos a lograr doblegar a la naturaleza, será esta generación la doblegada, vaya, lo está siendo ya como podemos ver en los ejemplos que nos pone el señor Lucas, donde frente a una situación de desgarro de una sociedad, provocada por una guerra desalmada, no conserva ni un mínimo de lucidez para afrontar el reto, por varias razones, de un lado le falta la necesaria clarividencia para hallar una solución, sus sentidos están embotados de tan mediatizados que se encuentran, por otro lado, la sociedad europea, en su hedonismo, rechaza implicarse como no sea a nivel puramente sentimental, pues ha sido educada en la gratificación hasta las náuseas, llegando, sin ruborizarse lo más mínimo, a contradecir a la naturaleza, a la verdad y a la belleza, con tal de no doblegar sus soberbias ansias de goces mundanos.

El registro en el que hallar la clave de esta situación se encuentra en el espíritu del hombre, que se ha creído tan inteligente que se ha vuelto necio, que ha olvidado de dónde le viene el saber y la sabiduría, que ha renegado de sus orígenes y, consecuentemente, ha perdido de vista a dónde se dirige y ha comenzado a dar vueltas sobre sí mismo en un torbellino demencial que le ha desnortado completamente, y que le ha llevado a dar la espalda a un paradójico secreto, esto es, que “hay mayor felicidad en dar que en recibir”, pero que nadie puede dar lo que no tiene. Y que este hombre del que hablamos, al que se le llena la boca con la palabra amor, sabiendo, porque lo sabía, que amor o es estrega de uno mismo o no es amor, resulta que este hombre, ya no se posee a sí mismo. Consecuentemente es incapaz de darse, consecuentemente es incapaz de amar, y lo es con una incapacidad absoluta.

Ni es dueño de sus pensamientos, ni de sus deseos, ni es dueño de sus actos. Es pues incapaz de entregar su persona y en los casos más graves ni siquiera de entregar sus bienes.

¿Qué tiene de extraño, pues, lo que nos sucede? Lo extraño sería que, desconectados de la naturaleza fuéramos obedientes a ella. Eso sí sería asombroso. Negamos nuestra humanidad, es decir, decidimos que no nos gusta ser lo que somos o como somos, que queremos ser lo que a cada uno se le antoje, sin darnos cuenta de que cada punto de desviación de lo que la naturaleza nos manda, produce una víctima, que siempre habrá alguien que cargará con las consecuencias, alguien que sufrirá a causa de esa libérrima decisión nuestra.

Esto es lo que puede explicar la actitud de Europa para con los refugiados, pues su obnubilación le hace abusar de la manipulación del lenguaje con tal de no llamar a cada cosa por su nombre, no sea que tengamos que afrontar responsabilidades -esta es la época de los eufemismos-, y como todo hijo de papá, trata de solucionarlo todo echando mano a su cartera. Lo que conduce, inexorablemente, a equivocarse repetidamente.

No sólo con los refugiados, con los inmigrantes, con la guerra, con la paz, con los amigos y con los enemigos, con la eutanasia, con el derecho a la vida, con el matrimonio, con la familia, con las religiones, con el laicismo, con el Islam, con el Cristianismo, con la educación, con el proyecto europeo.

De la cristiana Europa nació la Declaración Universal de los Derechos Humanos, de la apóstata Europa ha nacido su negación en forma de pseudoderechos que contradicen abiertamente y desde el populismo más relativista, aquella Declaración. Y como siempre estos abusos terminan pagándolo los inocentes y entre ellos, los más inocentes, los niños, y entre los niños, los más indefensos, los no nacidos. La cadena del mal tiene siempre la misma estructura, sobre el más débil es sobre quien acaban descargándose siempre las consecuencias de toda irresponsabilidad y de todo desvarío, sobre el único al que no se le pueden achacar responsabilidades porque no tiene acceso a decisión alguna, ese que todos los partidos dicen querer proteger y defender. Los auténticos inocentes. Esto también es cazar vientos.

Don Antonio, ciertamente “anda el mundo muy del revés”, como usted dice, y efectivamente, como también dice usted, “a los de la indiferencia les termina golpeando la historia”. Ya sé que usted no lo refiere a lo que lo refiero yo, pero son frases muy certeras.

Estamos en el año, declarado por su santidad Francisco, de la misericordia, eso quiere decir que quienes sean culpables de toda esta situación pagarán por ello, cada uno en su medida, a no ser que cambien de actitud y se conviertan de corazón, entonces, y sólo entonces, alcanzarán misericordia junto con las víctimas, pues los inocentes la tienen garantizada.

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Acerca de Signos de los tiempos

Actualidad es la suma de las cosas que suceden, aquello que se dice sobre esas cosas y el modo en que nos afectan, y este conjunto conforma unos signos concretos y precisos que es posible interpretar. Esa es la luz que buscamos.
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