Cenizas

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En el periódico El País del 14 de diciembre Leila Guerriero escribe una columna en la que, tira de ironía para decir que en la Iglesia Católica todo son prohibiciones, resumo su artículo en lo más sustancial:

No entiendo el escándalo que generó tiempo ha el documento emitido por el Vaticano que prohíbe conservar en casa, engarzar en joyas, dispersar en tierra, aire o agua las cenizas de las cremaciones de los muertos…

Pero lo que me importa de este asunto es que se trata de democracia pura y dura. Con gestos como este la Iglesia católica logra llegar de manera eficaz y ecuánime a todos sus fieles, no solo a los gays católicos que pretenden ejercer su sexualidad (y no pueden), a los divorciados católicos que pretenden casarse de nuevo (y no pueden), a las mujeres católicas que pretenden ser sacerdotes (y no podrán nunca), a los hombres y mujeres católicos que pretenden cuidarse del VIH usando preservativo (y no pueden). No todo el mundo es gay, ni mujer, ni está divorciado, ni tiene sexo. Pero todo el mundo tiene un muerto. Quizás cremado. Con una prohibición sencilla la Iglesia logra recordar que el largo brazo de su presencia abarca, de la cuna a la tumba, todo. Si eso no es democracia —prohibiciones para todos y todas— yo no sé qué es.

Y sobre lo que apunta me parece oportuno decir un par de cosas.

La primera es que los gays católicos pueden ejercer su sexualidad, claro que pueden; los divorciados católicos pueden volver a casarse, de hecho muchos lo hacen; los hombres y mujeres católicas pueden usar preservativo para cuidarse del VIH, por supuesto que pueden. Entonces, ¿por qué la autora afirma que no pueden?, la respuesta es sencilla, porque finge ignorar que en las cosas de los humanos, en lo que tienen que ver con Dios, el eje es la libertad, dicho de otro modo, un creyente alcanza a través de un paulatino conocimiento de Dios, la auténtica libertad, libertad que consiste en que puede, siendo gay, ejercer su sexualidad y puede no ejercerla, lo que supone una renuncia que le enriquece; en que puede, siendo divorciado, volverse a casar y puede también optar por no casarse, sin problemas aunque con las consiguientes dificultades, para superar las cuales puede pedir ayuda a su Señor que está comprometido con la veracidad del amor que le llevó al matrimonio; en que pueden usar preservativo y pueden también no usarlo. Que eso sí es libertad.

Consecuencia del uso de tal libertad será una vida más pegada a lo carnal o a lo espiritual, más condicionada por lo terreno o por lo trascendente, más o menos rica en experiencias supra sensoriales y, por tanto, más o menos partícipe de la gratuidad, el don prenda de la eternidad.

Efectivamente me he dejado un punto en el que parece que sí hay un límite a la libertad en las prescripciones de la Iglesia atendiendo a la Revelación de las que se hace eco la autora, y ese es el de que una mujer que quiera ser sacerdote, no podrá serlo nunca, dice doña Leila. Y es que esa es otra cuestión, pues no se trata de que pueda o no pueda serlo. Todo bautizado es por definición sacerdote, sea hombre o sea mujer. Luego el problema es meramente funcional, pues es verdad que una mujer nunca será ministerialmente sacerdote, pero eso es lo mismo que afirmar que yo, que soy un ciudadano en el que como tal  reside la soberanía de su país, considere discriminatorio el no poder nunca llegar a ser el gestor de esa soberanía, por más que quiera, por más que me asista el derecho, y es un hecho que en un 99,99% de probabilidades, nunca seré primer ministro de mi país,  Dicho de otra manera y siguiendo a la Lumen Gentium, en una mujer, como parte que es de una comunidad sacerdotal que es la Iglesias, su sacerdocio lo es de índole sagrada, mientras que el sacerdocio ministerial sólo responde a lo orgánico de la estructura de la Iglesia.

Lo que pasa es que para los necios toda la vida del hombre sobre la tierra está interpretada en clave de poder o simplemente no les cabe en la cabeza que “dar sea mejor que recibir”.

Ignorar que el discípulo de Cristo es aquel que sigue los pasos de su Señor, es ignorancia voluntaria, y es que el Señor dejó meridianamente claro que Él no vino a ser servido sino a servir y que el que quiera los primeros puestos, que se apresure a ocupar los últimos lugares. A esto y no a una lucha de poderes es a lo que está llamado a tender un cristiano, sea hombre o mujer.

Porque en lo que sí acierta la autora es en lo de que si en algo es puntera la Iglesia es en mantener postulados democráticos, pues para Dios todos los hombres y todas las mujeres son iguales y los cristianos nos lo creemos tanto que consideramos injusto hacer acepción de personas por razón de sexo, de creencia, de raza o por cualquier otra causa, y es por eso que no necesitamos ser ni feministas ni machistas ni adscribirnos a ninguna de esas ideologías reivindicadoras de derechos, y huimos especialmente de ello porque en toda confrontación siempre late soterrada una discriminación.

 

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Acerca de Signos de los tiempos

Actualidad es la suma de las cosas que suceden, aquello que se dice sobre esas cosas y el modo en que nos afectan, y este conjunto conforma unos signos concretos y precisos que es posible interpretar. Esa es la luz que buscamos.
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